
Un maestro y su discípulo caminan.
El discípulo pregunta: “¿Adónde vamos, maestro?”
El maestro responde: “Ya estamos”.
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Hacía ya muchos años que el Sol besaba a la Montaña. Con su resplandor la acariciaba de la cúspide a la falda.
Antes de que el más bello de los mortales fuera el príncipe Paris (¡interpretado en Troya por Orlando Bloom!), el hombre más bello fue el también troyano Ganimedes, príncipe hijo del rey Tros y la ninfa Calirroe. Este mortal bello fue visto por Zeus, el padre y rey de los dioses, y el deseo se apoderó de la mente del padre todopoderoso. Zeus secuestró a Ganimedes y lo llevó al Olimpo, para convertirlo en el copero de los dioses, sustituyendo en ese puesto a su propia hija, Hebe, la diosa de la juventud. Desde ese momento, Ganimedes vivió allí complaciendo los deseos de Zeus y jugando en sus ratos libres con Eros, el dios del amor. Claro, su padre fue recompensado con unos caballos mágicos y Troya se convirtió en leyenda por ser la tierra de los hombres más bellos. Y más deseados.
"Gente de la diosa Danu" fueron el quinto grupo de habitantes de Irlanda según el Libro de las Invasiones. Los Tuatha Dé Danann son descendientes de otro de los grupos supervivientes del diluvio de Nemed. Ellos llegan a Irlanda desde el norte, donde habían aprendido las artes oscuras de la magia pagana y los druidas, cerca de la festividad de Beltane, el 1 de mayo, montados sobre nubes oscuras.
Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.
Son seres con cabeza de mujer y extremidades de pájaro (mitad aves, mitad brujas); más tarde se las representó con cuerpo de mujer y cola de pez. Son divinidades que acarréan desgracias a los navegantes. Al cantar, parecían ser hermosas doncellas, pero los que sucumbían ante su encanto, pronto averiguaban su verdadera naturaleza. La voz encantadora de las sirenas, seducen a los navegantes y son su perdición, a no ser que tomen las precauciones que tomara Odiseo. Él había sido advertido por Circe de que el canto de las Sirenas empujaba a los hombres a arrojarse al mar; para poder oírlo sin peligro, ordenó a sus hombres que lo atasen al mástil.Según la leyenda, las sirenas habían sido compañeras de Perséfone antes de ser raptadas por Hades, como no consiguieron salvarla, la diosa las transformó como castigo en extrañas criaturas. El canto de las sirenas alaba engañosamente los placeres del mundo subterráneo, pero también, tenían poderes proféticos. Las sirenas vivían en la isla de Antemesa, en donde yacían los huesos de los marineros que habían sido atraído por sus deliciosos cantos. Jasón y los Argonautas antes que Odiseo habían sobrevido al canto de las sirenas, pero porque Orfeo, el bardo, ahogó el canto con su lira.
Prometeo no es un dios olímpico; es un titán (hijo de Japeto y Climene). Su crimen fue, justamente, el haber tratado de crear una raza que superase a los olímpicos; en ese empeño, enseño a sus criaturas el modo de dominar la naturaleza y de conocerse cada vez más, a sí mismas.
Son hadas del agua, ninfas de la mitología nórdica generalmente malhechoras, se ofrecen a conducir a los viajeros a través de las brumas, pantanos y bosques, pero los extravían y los ahogan en corrientes de agua. Pueden aparecer junto a los mares, lagos y ríos convertidas en animales o personas, logrando parecidos extraordinarios y engañando fácilmente al que mira. Se dice que las Ondinas no tienen alma y solo cuando conciben un hijo consiguen tenerla.
Una mujer coreana llamada Yun Okfue un día a ver al gran sabio de su aldea, un ermitaño que tiempo atrás se había retirado a vivir a una montaña donde vivía con lo mínimo y en armonía con la naturaleza.
Hace muchísimos años que el Cacique Tairón, vecino de los Michúes, ofrecía un sacrificio cuando de repente apareció una nube que esparcía rayos de mil colores, entre más se acercaba, era más fácil distinguir que en su seno iba una mujer muy hermosa. Tairón y su tribu cayeron de rodillas, lanzando exclamaciones y gritos de alegría, pues creyeron que llegaba a ellos el dios a quien le estaban ofreciendo un sacrificio. La dicha aumentó cuando la deslumbrante dama le entregó a Tairón y a su tribu una tierna niña y las instrucciones precisas para criarla y forjar su futuro. Los Taironas dedicaron toda su atención y esmero a la crianza de esta hermosa criatura y por nombre le pusieron Mirthayú, y la eligieron como su única reina.
En la tribu de los Cashinahuas vivía una joven tan hermosa que todos los que la veían se enamoraban de ella. Pero Iasá amaba solamente a Tupá, el hijo del dios supremo Tupán.El demonio Anhangá, enamorado también de Iasá, sentía una terrible envidia de Tupá y decidió robarle la novia. Para lograr su maligno propósito, se apareció un día ante la madre de Iasá y le dijo:-Si tu impides la boda de Iasá y Tupá y haces que tu hija se case conmigo, yo te daré caza y pesca abundantes durante toda tu vida.La ambiciosa madre pensó que si obedecía a Anhangá no tendría que preocuparse más por conseguir alimento. De inmediato le prohibió a Iasá volver a ver a Tupá y decidió fijar la fecha del matrimonio de su hija con Anhangá.Al conocer la decisión de su madre Iasá se sintió desesperar. Sabía que al casarse con Anhangá tendría que ir a vivir al infierno, en el centro de la tierra, y que jamás volvería a ver el cielo, donde vivía su amado Tupá junto a su padre, el dios supremo Tupán. En medio de su tristeza, quiso ver a Tupá por última vez, aunque sólo fuera de lejos, y así se lo pidió a Anhangá.El demonio decidió complacer a Iasá pero le impuso una condición:-Te harás una herida en un brazo para que las gotas de tu sangre marquen el camino que te lleva al cielo, así podré seguirte.Conforme a lo prometido, el día señalado para la boda, poco antes de la ceremonia, Iasá partió a visitar a Tupá por última vez. Se había hecho una herida en el brazo y a medida que avanzaba, las gotas de sangre iban formando un arco rojo en el cielo.Tupá que era muy poderoso, ordenó al sol, al cielo y al mar que acompañaran a Iasá en su camino y que para confundir a Anhangá dibujaran tres arcos más, al lado de la franja roja. El sol, Guarací trazó un arco amarillo, el cielo Iuaca, dibujó un arco azul claro, y el mar, Pará formó un arco azul oscuro.Pero Iasá no logró llegar al cielo, ni ver a Tupá, debilitándose cada vez más, fue cayendo lentamente hacia la tierra. Su sangre se mezcló primero con la franja amarilla de Guarací y se formó un arco anaranjado y, después, al mezclarse con el arco azul de Iuaca, dibujó otro arco de color violeta.Al caer sobre la tierra, Iasá murió en una playa, bañada por el agua del mar y por los rayos del sol. No se casó con Anhangá, ni se fue al infierno...De su cuerpo subió un arco verde, formado por la mezcla azul de Pará con el amarillo de Guarací, y se convirtió en el séptimo arco que seguía la trayectoria de los otros seis...
Gnowee, llegó a la Tierra cuando todo era oscuridad. Trajo con ella a su hijo y a muchos otros familiares y amigos, y trajo también el fuego, que debía ayudarles a soportar el frío y las tinieblas. Sin luz, la vida era muy difícil de sobrellevar. Muchos de los llegados con Gnowee, enfermaron y murieron pronto. Los que no estaban enfermos, encendían antorchas y salían en busca de alimentos que apenas les llegaban para subsistir. Un día, mientras Gnowee estaba en los campos recogiendo frutos y raíces, su hijo salió de la gruta en que se refugiaban y se perdió en la noche inacabable. Al saberlo Gnowee, loca de dolor, encendió una gran antorcha y corrió toda la tierra conocida sin lograr encontrar a su pequeño. Quería iluminarlo todo, quería ver cada rincón, quería ver detrás de los árboles, quería ver los recodos de los caminos y quería ver entre la maleza de los campos. Tanto y tanto deseaba la luz, que en un supremo esfuerzo, se elevó por los aires y el fuego de su antorcha pudo al fin iluminar la Tierra . Pero Gnowee aún no ha encontrado a su hijo. Por eso cada mañana, sube al cielo con su gran antorcha encendida en las manos y sigue buscando. Sólo cuando la vence el sueño, desciende a la tierra para descansar y entonces vuelve otra vez la oscuridad.